martes, 10 de marzo de 2015

De las Cartas a Theo- Vincent Van Gogh
























Dibujar es luchar por atravesar un invisible muro de hierro que parece alzarse entre lo que sientes y lo que eres capaz de hacer.

                                                                             Vincent Van Gogh


Es una cosa admirable mirar un objeto y encontrarlo bello, reflexionar sobre él, retenerlo y decir en seguida: me voy a poner a dibujarlo.

                                                                             Vincent Van Gogh


























lunes, 2 de marzo de 2015

Lo que nos revela el muro














5a. sesión de clase-dibujar al revés


Melancolía/ Alberto Durero
























Ex-libris/ Paul Grecker
















El caballero, la muerte y el diablo/Alberto Durero























El holandés errante/Roman Sustov
























Ex-libris/Roman Sustov






















Los cuatro jinetes/Alberto Durero



























Román Sustov


Carceri de Invenzione/ Piranesi





























































Para el dibujo de rostro, los encuadres sugeridos son estos:










sábado, 28 de febrero de 2015

Empatía y resonancia



Parsifal/ Jean Delville.1890


















“..Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, ése que todavía podemos soportar; y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña el destruirnos.”
                                                     R. M. Rilke

La experiencia de lo sublime, permitió pensar la sensibilidad estética desde el estupor y el anonadamiento; es decir, lo bello se abrió a sentimientos no siempre plácidos y afirmadores. alude a a una presencia inquietante, generada por el afán de representar lo inefable mediante lo inmensamente grande, por lo oscuro, por lo vacío, por la desmesura.

Algo de ello podemos comprender cuando evocamos aquellos momentos en que sentimos que todo se articula con una armonía desconocida, con una unidad asombrosa, como haciendo parte de una fuerza superior que nos trasciende. Es factible que una sensación semejante se experimente en una noche abierta, cuando somos vencidos por las estrellas y esa embriaguez de luces nos dice que pertenecemos al todo; o en una catedral cuando se orquestan sonidos e imágenes con ajuste irreprochable; o en el éxtasis producido por un concierto y la consecuente e inatajable pérdida de sí. Muerte y vida unidas en un abrazo inesperado mientras los límites estrechos del yo se diluyen. Y en esa intersección de lo temporal con lo eterno ya no se escucha la música, somos música, y la vida se conecta con la vida. Son momentos de conciencia e intuición pura, sin juicios ni pensamientos, momentos de insoportable belleza en los que el alma recuerda algo. 

Tristan e Isolda/ Jean Delville.1934




The Mew Stone at the Entrance of Plymouth Sound/William Turner.1814

Sin titulo/Elena Ray

viernes, 27 de febrero de 2015

La belleza de las cosas simples











“Desde mucho tiempo atrás me jactaba de poseer todos los paisajes posibles, y me parecían irrisorias las celebridades de la pintura y de la pintura moderna.me gustaban las pinturas idiotas,los capiteles, las decoraciones, las lonas de los saltimbanquis, los rótulos, las estampas populares, la literatura pasada de moda, el latín eclesiástico, los libros eróticos sin ortografía, las novelas de nuestras abuelas, los cuentos de hadas, los libritos infantiles, las óperas antiguas, los refranes tontos, los ritmos ingenuos”.

Este pasaje de Rimbaud nos permite vislumbrar que la belleza se posa también en las cosas vulgares y mundanas. No es territorio exclusivo de las artes. Ni de los discursos que buscan alguna verdad a nombre del arte o del espíritu. Pertenece a la vida y no es colonizable ni localizable, emerge en cualquier lugar o momento.

No hay que generar un espacio aparte para hallar la belleza; de hecho, buscarla en algún lugar o en alguna práctica particular supone privarse de verla en el resto de la existencia. para encontrarla basta tenerla como destino. Se presenta en el deseo de pertenecer y ser afectado por la vida en su inmediatez, en el deseo de gozar y permanecer en el aparecer de la existencia. No es menester estar regulado por ningún afán de verdad, así sea que la belleza –aún sin ninguna pretensión cognocitiva- se las arregle para traernos experiencias de sentido, conciencia y verdad.

Nietzsche –una vez más- invitaba a ser más femeninos, a celebrar la epidermis del mundo con la convicción de que esta no disimula ni esconde nada. La apariencia no es velo sino vehículo de realidad y desconocerla a nombre de una verdad más allá quiere decir que no sabemos comportarnos como mujeres. No se trata de ignorar las grandes verdades, se trata de evitar que su búsqueda pueda anestesiarnos para lo inmediato y para entregarnos a la profundidad de la piel. Hay que entrar al jardín sin objetivo, sin dirección definida. Saberse perder en el camino, extraviarse en sus curvas y rincones, disfrutarlo en su totalidad. “la belleza se revela por sus curvas, la verdad por sus rectas” sentencia un viejo proverbio latino.

Aprender a captar lo sustancial en lo accidental –lo grande en lo pequeño, un universo en un detalle, una existencia en un gesto-, es habilidad perceptiva propia de quien sabe ser mujer. Es la belleza que aparece desapareciendo y que no busca perpetuarse ni inmovilizar el flujo de la vida, asi sea a nombre de lo artístico. Todos nos hemos conmovido hondamente con gestos sin ninguna pretensión o finalidad y, sin embargo, llenos de vida. En esas ocasiones tenemos la certeza de captar la singularidad o la profundidad de algo o alguien. En ese momento, esencia y apariencia se hacen indiscernibles.

El gesto es insignificante, está lejos de la instrumentalidad y finalidad del símbolo y sin embargo se muestra lleno de sentido. Responde al deseo de expresión de algo distinto al lenguaje funcional, huella de una pulsión en la que se condensa el impulso de vida sin ningún canon estético ni pretensión de verdad. Alma en estado de piel. El alma habita el cuerpo, o mejor, el cuerpo es alma en tanto logra un estado de musicalidad somática.

El gesto por medio del cual alguien nos deja adivinar su más honda entrega, aquella que difícilmente se logra verbalizar: la espontaneidad de una mirada; una cierta manera de caminar; de mirar sin mirar; una celebración que abre los corazones y las risas, una gran jugada que termina por reinventar el futbol; la manera como ciertas mujeres se recogen el cabello o como celebran el ritual privado y silencioso de hacerse otras en el espejo, gestos que hablan de una belleza sin legitimación ni discurso, fragmentos de una danza continua, instantes de un relato perdido.


En los Jardines de Venus/ La belleza en tres actos. Javier Gil